El primer paso para ello es verlos especiales y demostrarles que lo son
diciéndoselo sin miedo a que “se lo crean demasiado”. Los niños y niñas, sobre
todo cuando son pequeños, necesitan una
imagen que les provenga del exterior para interiorizar cómo son, ya que no
disponen de tantas experiencias reales que les aporten una imagen de ellos en
el mundo. Dado que los padres somos las principales figuras para ellos, somos
quienes mejor podemos hacerles ver todo lo que hacen bien, siempre intentando
destacar la parte positiva. Lo normal es que nos llame más la atención lo que
se desvía de lo deseado, y es esto lo que solemos remarcar con frases del tipo: “no
te subas ahí”, “no te levantes de la mesa”, “no le quites el balón”; se nos
olvida que ellos necesitan que les
digamos todo lo que hacen bien espontáneamente como caminar de la mano por
la calle, haber estado comiendo solito o compartiendo el balón con sus amigas.
Esto no quiere decir que no haya que
reconocer los errores, ya que, obviamente, nadie es perfecto. Como hemos dicho
antes, los pequeños están deseando saber cómo son, obteniendo las herramientas que usaran para desenvolverse en el futuro. Si le hacemos ver a nuestro hijo
desde pequeño que es muy responsable, lo más probable es que actúe de forma responsable, puesto que tendemos a comportarnos de manera que
confirme nuestra identidad. Quizá podamos recordar la importancia que le
dábamos a las palabras de nuestros padres cuando hablaban con conocidos sin
saber que los escuchábamos y los oíamos decir “mi hijo es que siempre saca muy
buenas notas”, “es un niño muy bueno” o, por el contrario, “no se qué hacer con
él”. Teniendo esto en cuenta, no debemos
hablar de los errores dando valor de identidad; podemos decir “esta tarde
te has portado mal” en vez de “eres muy malo”, o “eso que has dicho no es
verdad” antes que “eres un mentiroso”. Aunque en ese momento estemos tratando
de educar, con estas sentencias solo se
crean huellas para el futuro donde el niño no se sentirá incómodo del todo
mintiendo si sabe que su propia madre piensa que es un mentiroso.
A veces hacemos esto de la manera
adecuada hasta que nuestro hijo llega a
la adolescencia, donde nos relajamos pensando que ya están
"formados". Hay que saber que en esta etapa los chicos y chicas de nuevo ponen en juego su identidad y
vuelven a estar pendientes de la imagen que les proviene del exterior. Las
horas que pasan frente al espejo es una muestra superficial de ello. Puede pasar que no seamos tolerantes con los
cambios de humor típicos de esta etapa o la reclamada autonomía, y los juzguemos
de nuevo de forma lapidaria con frases como "eres un cabeza loca" o
"no vas a ser nada en la vida si no estudias". Recordemos, están
pasando por una etapa, simplemente.
Algo importante, también, es advertir
los errores como puntos a mejorar y reconocerlos abiertamente con cariño. Al
fin y al cabo un adulto feliz es el que conoce sus puntos fuertes, pero también
los débiles y los acepta manteniendo el cariño a sí mismo. La dureza con la que uno juzga sus fallos es algo que hemos
interiorizado de un mensaje que hace años nos vino de afuera y
probablemente provino de nuestros padres.
Por último, y sin ánimo de haber
abarcado aquí todo los factores que determinan una buena autoestima, recordemos que
los niños y niñas son, ante todo, personas, y queremos enseñarles que, como tales, tienen derechos y pueden expresar su opinión. Tratemos de evitar frases como
"tú qué sabrás" o "cuando seas mayor ya lo entenderás", con
esto le transmitimos que su pensamiento o reflexión no tiene valor para
nosotros, y no le ayudamos a construirse como futuro adulto que piensa con
autonomía y ejerce su derecho de expresión.
Marta Cabezas
Psicóloga infantil- Psicoterapeuta
Marta Cabezas
Psicóloga infantil- Psicoterapeuta
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